El prisma espiritual

Anotaciones diarias de un forastero en Semana Santa (2014-2017)

Por Txema Rodríguez

Aire

12 de abril

El primer día, si hay suerte, el aire resulta cálido al contacto con la piel. Contiene sustancias dulces, brillantes, ligeramente húmedas. Me recuerda al que describe Karen Blixen al inicio de su memorias, un aire en el que tienes la sensación de vivir. El brillo de los objetos golpea las pupilas; vehículos, personas y escaparates aparecen envueltos en un halo ruidoso, una especie de bruma del sur en la que se funden la velocidad y la quietud. Málaga depende del punto de acceso. Se puede ver la mole grandiosa de una catedral manca desde el lujoso barco o casas destartaladas unidas por cables en delicada suspensión, se puede entrar bajo un dosel de frondosos árboles o a lomos de un asfalto sucio y roto. Hay un río escuálido, como una falla omnipresente, que rompe la ciudad y deja a pobres y ricos en distintas orillas. Aunque esa es una apariencia a primera vista, como todas las primeras visiones de nuestra vida, que después explotará en miles de detalles.

Este viaje (por la Semana Santa) va a ser una mezcla entre el wanderlust germánico y el flâneur galo

En ese momento en el que el recién llegado solo tiene como guía un plano más o menos detallado de la ciudad e instrucciones imprecisas sobre dónde acudir para tropezar con otros seres humanos: Por aquí y luego hacia el centro, por esta zona también, no tiene pérdida, indica el recepcionista del hotel señalando con el dedo en diversas direcciones. Como no sé a dónde voy tampoco sé muy bien qué preguntar, así comienzo a caminar sin rumbo. Asumo que este viaje por la Semana Santa va a ser una mezcla entre el wanderlust germánico y el flâneur galo, se podrían añadir después el vagabundeo hispano y también la serendipia para definirlo al fin como una pasión callejera; aunque a diferencia del resto de mortales y seres mitológicos que recorren estas calles no me puedo limitar a la mera contemplación porque he de estar atento a cualquier escena digna de ser fotografiada. O que crea que merece la pena serlo.

13 de abril

Al cabo de unos minutos ya me he perdido. Es decir, ya no sabría localizar en el plano el punto en el que me encuentro. Pero he saludado a un par de perros, cruzado unas palabras en un bar con una señora elegante interesada en el meollo de la técnica fotográfica y me ha recomendado un parroquiano que visite una confitería donde venden “tortas locas”. Poco después ya no sería capaz ni de recordar en qué bolsillo puse el mapa marcado con una x y un círculo sobre el lugar en el que se elaboran los dulces. Soy un desconocido privado del reconocimiento, alguien que camina por un paisaje en el que nada resulta familiar, un homo sapiens en una sabana, en ese momento en el que un animal se aproxima a lo lejos y desconoce si va ser devorado por él o le va servir para preparar la cena. Porque nunca antes lo ha visto.

El paisaje urbano está recubierto con carteles de rostros, vírgenes y cristos observan desde los lugares más insólitos

Por suerte existen las fotografías, los libros, los documentales y en ellos podemos aprender de los lugares antes de llegar, saber al menos que en esta ciudad, durante unos días, habitantes y gentes de otras tierras, se reúnen para asistir a un espectáculo en el que se pasean a hombros unas figuras que descansan sobre grandes e historiadas plataformas. El paisaje urbano está recubierto con carteles de rostros, vírgenes y cristos observan desde los lugares más insólitos, nada escapa a su vigilancia. La carnicería, la panadería, la peluquería, el bar, el taxi y la cartera del taxista, el chino, el de los cupones, la floristería y el kebab (que aquí se dice shawarma). Los rostros dolorosos, amables, dulces, crispados o sorprendidos del hijo de Dios y de su madre se acumulan y conviven con otro tipo de reclamos. Lo mismo se vende un piso junto al Cautivo que se ofrece señora, con referencias, para cuidar ancianos junto a la Soledad.

20 de marzo

En esas primeras horas al recién llegado le ocurren cosas extrañas. Ignora el significado de los movimientos y los detalles. Un grupo de jóvenes uniformados y con instrumentos musicales camina por una calle, una mujer coloca una tela bordada sobre la baranda del balcón, a lo lejos suenan pasos apresurados. ¿Qué es? ¿A dónde van?. Hay que seguir esas pistas en silencio o asumir la crípticas respuestas. Una chavala con un pantalón corto tan clavado a la piel como el coxis de una barbie dice “es el traslado de la Zamarrilla”, por ejemplo. Una información muy valiosa si supiera qué es un traslado y quién la Zamarrilla. Una explicación que ellos no necesitan y que a mi me resulta incomprensible porque no pertenezco a este lugar. Aunque siguiendo el flujo humano se llega a un lugar en el que muchas otras personas se encuentran concentradas a la espera de algo. En torno a una iglesia se agrupan a cientos y esperan. Muchos de ellos van mudados y han sido generosos con la colonia, los cabellos cortados para la ocasión, arreglan ese pequeño desperfecto de la camisa, o luchan contra una pelusa de la americana mientras críos mueven con brío unos turíbulos de los que brotan dulces aromas a resina. Niños, mujeres, hombres (tal vez hasta animales y especies vegetales) se muestran nerviosos, emocionados.

Intento captar con la cámara cada pequeño detalle sin saber si podré con tanta intensidad, (preguntándome cómo es posible que ocurran fenómenos de este tipo)

Suena la música, la incandescencia del atardecer atraviesa los árboles y transforma el lugar en un océano de brillos cegadores. Aparece ese aire en el que uno cree vivir y cuando las hojas de la puerta se abren para dejar paso al Cristo y a la Vírgen, el olor, la luz y el sonido se mezclan con el oxígeno, forman una masa sólida, una capa protectora que cae sobre el grupo y lo libera de los males. En ese momento, todos ellos se funden para formar algo que contiene una parte de cada uno y ante lo que soy un mero espectador. Intento captar con la cámara cada pequeño detalle, cada textura de los movimientos rítmicos de los pasos, la solemnidad y cuidado con el que hombre y mujeres introducen el hombro bajo los tronos, sin saber si podré con tanta intensidad, preguntándome cómo es posible que ocurran fenómenos de este tipo.

El visitante, si ha sido educado en lugares fríos, en culturas en las que se enseña a mantener las emociones ocultas en los abismos del corazón, va a sufrir un gran impacto en estos primeros instantes. Aquí todo brota sin obstáculos, se llora a moco tendido, siguen a un Cristo de liviana capa blanca miles de almas que le lanzan claveles rojos, le cantan, le piden favores con los ojos humedecidos. Algunos elegantes, otros en chándal. Curas, militares, ancianos, criaturas disfrazadas, concejales y vendedores de globos. Miles. Todo resulta exagerado y excesivo, aunque con el tiempo se comprende que esa superabundancia tal vez sea una virtud compleja de entender. No se trata sin más de un exhibicionismo, también es una ofrenda al más allá, una forma de conexión, un ritual. Pedir por el bienestar de vivos y muertos, por el futuro y el pasado, los hijos, las madres y los enfermos. La reversión del grupo sobre sí mismo, el lugar en el que se establece la identidad de quienes lo integran. La línea que un extraño rara vez podrá atravesar. Y luego, ya de noche, la víspera del Domingo de Ramos, el silencio. Las calles del centro llenas de sillas numeradas y alineadas con cuidado, listas para un espectáculo. Ahora sé algo que antes desconocía, aunque no se trate de gran cosa. Recuerdo el rostro serio de una mujer con el uniforme de la Guardia Civil, el de otra que mira de reojo a un hombre que canta una saeta. Sillas y más sillas y gradas que aquí se llaman tribunas. Hace calor y hay colas en la heladería, el suelo es de mármol. Me pregunto que hago aquí, cuál es mi cometido y si seré capaz de contar algo.

19 de marzo

El forastero reposa en uno de esas asientos numerados con su helado de turrón. Ha visto a un hombre arreglar el rostrillo de la Vírgen de la Trinidad, limpiar el polvo de la corona de espinas del Cautivo y, antes del amanecer, a miles de seres humanos, esperar en la plaza frente a la iglesia de San Pablo. Los álamos forman ahora una cortina espesa, un cielo surrealista de ramas y hojas. Ha visto una nube de teléfonos móviles alzándose sobre las cabezas y a señores golpear con pompa una pequeña campana. Dos grandes y eternas lágrimas resbalan por la mejilla izquierda de la imagen. El primer día, si hay suerte, el recién llegado sabe que ese aroma del aire es por culpa de las almendras fritas. Y en la soledad o acompañado, si es el caso, tiene presentimientos e intenta imaginar cómo serán los días que se avecinan. Se acuesta pronto porque hay que madrugar. Ordena con cuidado el equipo y los objetivos que quiere utilizar. En la cama, antes de cerrar los ojos, desea como Lord Henry Wotton en el El retrato de Dorian Gray no convertirse en un escéptico, porque ese puede ser el inicio de la fe.

Hombre

24 de febrero

Antonio Garrido dice que soy «un curioso impertinente, si estuviéramos en el siglo XVI o XVII, pues has querido indagar por detrás del tópico».

29 de marzo

Parece una mañana cualquiera a las puertas de un colegio, con niños de rostro adormilado y padres cargados con bolsas, cajas y prendas de ropa. Huele a colonias infantiles y a café. La calle se va llenando de figuras, hombres de trono, críos de todas las edades, nazarenos, monaguillos, espectadores. Luego aparecen cabezas cubiertas por damasco morado o verde, los pequeños hacen sonar las campanillas y mecen los ramos. En unos minutos se ha transformado el espacio y se ha dividido el mundo. Por una parte los que vestimos según nuestros gustos y posibilidades, por otra los que van “de algo”. Resultan papeles intercambiables, el espectador de la mañana es el nazareno de la tarde. O el hombre de trono de dentro de dos días. Muchos vienen a ver a sus hijos. Luego sus hijos irán a ver a sus padres. Y arranca la primera procesión. Me fijo en la descomunal estructura que cargan sobre los hombros. Cruje como las cuadernas de un barco metálico y emite un sonido, tal vez el de un andamio sacudido por el viento. Algunas expresiones de dolor señalan el efecto de las largas varas de metal sobre la carne; hay curvas pronunciadas en estas calles estrechas, rincones de giros imposibles. El lujo de los adornos contrasta con la humildad de las fachadas, como si el cortejo de un conquistador poderoso desfilara por la ciudad recién tomada mostrando a los nuevos súbditos sus indestructibles máquinas de guerra.

9 de abril

Los hombres de trono cantan abrazados y moviendo los cuerpos al ritmo del himno. He visto algo parecido, hace muchos años, en el estadio de Anfield. Escenas sobre las que me surgen preguntas, qué explica esta pasión, cómo se llega a ella, por qué los rituales religiosos han salido de las iglesias y han vuelto a ellas. Todas estas almas llevan un año esperando para romper el orden, para reciclar sus impulsos. Los más pobres gritan más fuerte, como en los fondos norte y sur de un estadio, porque los ricos no necesitan tanta dosis de liberación, ni desean rebelarse. Sus voces y gestos son mucho más tímidos. En otros lugares solo queda el fútbol para esta catarsis, aquí todavía permanece la religión. Aquí están los poderosos, Antonio y la baronesa, el alcalde y todos los demás, rostros que me resultan desconocidos pero con roles fáciles de adivinar por el lugar que ocupan y el espacio que se les reserva. Todos cantan mirando a la Vírgen, se dan palmadas y se sonríen. Forman un coro, eso que se conoce como “patrón emocional compartido” y que no es otra cosa que un mecanismo para sincronizar los latidos de los corazones. Cantar unidos ayuda a regular la actividad del nervio vago, permite controlar en alguna medida los estados mentales y experimentar emociones comunes.

La ciencia viene en mi ayuda para explicar lo que veo mientras mi cuerpo se debate entre la resistencia y el deseo de dejarse llevar por este torbellino de música

La ciencia viene en mi ayuda para explicar lo que veo mientras mi cuerpo se debate entre la resistencia y el deseo de dejarse llevar por este torbellino de música, voces, incienso y rayos de luz que integran el motor de esta máquina de destrucción neuronal, perfectamente diseñada para llegar a la sangre y a los sentidos, para anular el cerebro y convertir a los participantes en un todo sin fisuras, rebosante de pasión.